Sábado, 04 de Julho de 2020
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº1074
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MONITOR DA IMPRENSA >

Milagro Pérez Oliva

01/06/2010 na edição 592

‘Les confieso que me ocurrió lo mismo que a muchos de los lectores que me han escrito: cuando cogí el periódico el sábado día 22, sentí tal repulsión que se me cayó de las manos. Cuando me di cuenta de que aquello que salía de la boca del torero no era la lengua, lo que ya me había parecido sumamente desagradable, sino el asta del toro que le había entrado por debajo de la barbilla, sentí tal escalofrío que no pude evitar un grito de horror. Aunque inmediatamente me di cuenta de que era una foto excepcional , tardé un buen rato en poder observarla. Si empiezo mi artículo narrándoles mis propias sensaciones, algo impropio de un espacio como este, es precisamente para marcar de entrada el resbaladizo territorio en que nos vamos a mover: el de las emociones. Las quejas que he recibido, y son decenas, por la publicación de la fotografía de la pavorosa cogida del torero Julio Aparicio en la plaza de Las Ventas, incluyen toda la gama de adjetivos que el diccionario posee para expresar los sentimientos que van del desagrado a la repulsión.

Una de las lectoras, Dolores Hernández, de Valencia, acuña incluso una expresión del ámbito médico que, aplicada al periodismo, adquiere un nuevo sentido: ‘encarnizamiento informativo’. ‘¿Era necesaria?’, pregunta. Todos los lectores coinciden en que la imagen es terriblemente impactante y desagradable. Pero mientras los que me han escrito consideran que no debió publicarse, o por lo menos no en portada, la mayor parte de los redactores y responsables de la Redacción a los que he consultado estiman correcta la decisión.

‘Me cuesta encontrar la importancia informativa que justifique su publicación’, escribe Andrés Cirujano Pita, de Zaragoza. ‘No solo es violenta, sino truculenta. No soy una persona mojigata y a mis años no resulta fácil impresionarme, pero hacía tiempo que una imagen no me impactaba tanto. Han sucumbido ustedes al mal de nuestro tiempo: las ventas’. ‘Es un mal camino’, añade. Si de eso se tratara, no tendría efecto en lectores como Francisco Javier Rodríguez Grau, de Barcelona: ‘Hoy no he sido capaz de comprar el periódico. Portadas así me generan interrogantes sobre la función social del periodismo y su vocación ética’. Tampoco en Javier Angosto: ‘Puede ser una foto muy morbosa y por tanto muy vendible. Pero le aseguro que yo hoy no he comprado mi periódico y pienso hacer lo mismo cada vez que aparezca en portada una foto morbosa’. ‘Por lo escabroso y desagradable, la imagen me ha herido en mi más profunda sensibilidad’, escribe Roser Falguera, de La Garriga. ‘Hoy no he podido volver a abrir la web’, asegura Cristina Hernández Martín. ‘Para ver basura ya tenemos otros medios’, insiste Israel Mármol.’Vergüenza, indignación y repulsión’, dice haber sentido Miguel Ángel Estudillo Valderrama, de Sevilla. ‘No entiendo cómo el mejor periódico de España ensucia así su prestigio’, añade Ángel Estudillo Pizarro. Parecidos términos utilizan otros lectores, como Miguel Ángel Lobo, de Madrid; Rafa Jurado, de Barcelona; Manuel Á. Candelas, de Vigo, y Marcos Martín, de Salamanca.

El Libro de estilo de EL PAÍS dice: ‘Las fotografías con imágenes desagradables solo se publicarán cuando añadan información’. El redactor jefe de Fotografía, Ricardo Gutiérrez, considera indiscutible el valor informativo de esa foto, cuyo autor es Cristóbal Manuel. ‘No tuvimos dudas. Es una foto muy impactante, pero también muy notarial: ofrece información muy precisa de lo ocurrido en lo que es, no lo olvidemos, un espectáculo de riesgo y tragédia’.

La imagen sobrecoge porque ha captado, y congelado en el tiempo, ese instante terrible en que nos asomamos al abismo. Un instante como el que captó Robert Capa en Muerte de un miliciano o el que Eddie Adams capturó cuando el policía de Saigón disparaba a la cabeza de un miliciano del Vietcong. O el momento en que la vidriosa presencia de la muerte atrapa los ojos del Che Guevara. Imágenes como esas han hecho historia y tal vez la de la cogida de Aparicio llegue a verse como la contraimagen de la fiesta, pues su valor radica precisamente en mostrar lo que puede ocurrir en un espectáculo cuya esencia es contemplar cómo el torero sortea la muerte. Pero es muy truculenta.

Muchos de los lectores que me han escrito admiten que la foto tiene interés informativo, pero discrepan de su publicación en portada. Consideran que esta ubicación es muy impositiva. Resulta imposible eludirla y, como dice María Manuela Giménez-Aragón, ‘no se trata de ir tapándoles los ojos a los niños’. María Antonia Oliva asegura que tuvo que esconder el diario. ‘No soy muy impresionable’, añade Francisco Terrasa Bestard, de Madrid, ‘pero no he podido por menos que recortar y tirar la foto al llegar a casa. No quería que mis nietos tuvieran pesadillas nocturnas’.

De los grandes diarios nacionales, solo EL PAÍS, El Mundo y Abc colocaron la foto de forma muy destacada en portada. Otros, como La Vanguardia, la pusieron, pero a un tamaño en el que el horror era apenas apreciable. Miquel Delclòs, de Sant Cugat del Vallès, lo tiene muy claro: ‘Que un toro coja a un torero no es un hecho que merezca estar en la portada de un periódico serio, y mucho menos una foto tan desagradable’. Lo mismo opina María Dolores González, de Salamanca. Para Julio Angosto, de Zaragoza, la foto ‘es morbosa y produce un rechazo visceral. Por muy espectacular que sea, debería haber sido relegada a páginas interiores’. ‘Dado su interés periodístico, que no niego, ¿por qué no la publicaron dentro, junto a la crónica de la corrida?’, pregunta Juan M. Fernández, de Villalba.

El director adjunto, Vicente Jiménez, responde a estos lectores: ‘La foto se publicó en primera página porque era una de las noticias del día y ofrecía información sobre lo sucedido en Las Ventas. Nuestro Libro de estilo avala la publicación de imágenes desagradables -y esta sin duda lo es- siempre que recojan un hecho noticioso y ofrezcan información. La foto de la cogida de Aparicio cumple ambos requisitos. De hecho, en la plaza no fueron conscientes de la gravedad de la cornada, por la rapidez con que ocurrió, hasta que EL PAÍS la colocó en su página web y pudo ser vista por los aficionados a través de sus teléfonos móviles. Entiendo que haya lectores que se hayan sentido molestos, algo que tuvimos en cuenta al tomar la decisión. Pero no fue una elección gratuita, sino meditada’.

En mi opinión, se trata de una imagen tan desagradable como impactante, pero también tiene valor informativo: muestra lo que puede llegar a ocurrir en el ruedo. Y es seguramente esa combinación la que ha hecho que un gran número de diarios españoles optaran por publicarla y que diarios extranjeros rigurosos como The Guardian, The Sunday Times, Il Giornale o el Süddeutsche Zeitung, también la incluyeran, algunos como fotografía de denuncia.

Hay que reconocer, sin embargo, que el valor informativo no radica en el suceso en sí, pues cogidas las hay en muchas corridas y no siempre se publican. Si de este suceso solo hubiéramos tenido la imagen posterior , aquella en la que el torero yace en el suelo con una herida apenas perceptible en la garganta, difícilmente la fotografía se hubiera publicado en portada. Luego lo que la hace excepcional a efectos informativos es precisamente lo espeluznante del tipo de cogida. Lo terrible que es.

¿Supone el hecho de publicarla una concesión al sensacionalismo, como sostienen algunos lectores? Si por sensacionalismo entendemos, como indica la Real Academia Española, ‘tendencia a producir sensación, emoción o impresión, con noticias, sucesos, etcétera’, está claro que esta fotografía puede alimentar esa tendencia. Pero un diario no es sensacionalista por publicar una imagen sensacional. Lo es cuando, por norma general y para alimentar sentimientos morbosos, tiende a publicar noticias impactantes solo por el hecho de serlo.

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